“Justine” ou “Les Malheurs de Groupe Éditoriale Tomo” II
“Justine” comienza con la descripción de la condesa de Lorsange, una hermosa libertina, y la forma en que ésta ha hecho su fortuna: engañando y utilizando su cuerpo. En su camino a la riqueza, se cuenta que ha quebrado a varios hombres entre los cuáles habían soldados, sacerdotes, nobles. Un día llega frente a ella una desgraciada condenada a muerte. La condesa deseaba escuchar la historia de la pobre, quien habla de sus infortunios que comenzaron con la muerte de sus padres. De cómo dejó de ser apreciada en cuanto el dinero se fue y de cómo su virtud la llevó al cadalso. La joven Justine va de un lado a otro huyendo de grandes torturas sólo para llegar a unas más atroces. Tormentos que van desde simples jalones de ropa hasta las fauces de hambrientos perros en medio de un bosque. Sin embargo, no me detendré tanto en las agresiones que sufre la heroína de nuestro educado marqués, las cuáles hacen ver al señor Bukowski como un osito cariñosito. Lo que realmente importa es el sistema que establece Sade a través de sus personajes para justificar todo tipo de vicio y cómo muestra a la virtud como una carga innecesaria que ofende a la misma naturaleza.
Sade aborda varios temas en la novela. Contrario a la edición del metro, Donatien no se dedica a describir las más crueles torturas de una forma tan vulgar que haría ver a Charlie Monttana como Bécquer. La moral es, sin duda, el tema sobre el que la obra gira. De aquí puede tocar otros como la religión, cuyo nexo es obvio, el estado, la familia. Son “Corazón de Hierro”, el conde de Bressac, el Doctor Rodin y el Padre Clemente los hijos que engendra Sade para decirnos las razones por las cuales existen los infortunios de la virtud. El resto de los personajes son, mayormente, víctimas (Octavia, Onfalia, la tía del Conde, etc) o más libertinos (Padre Antonino, Padre Severino, du Harpin, Dubois, etc).
Coeur-de-fer
No es el primer hombre en maltratar a nuestra heroína. Sin embargo, es el primero en exponer las causas de las injurias. El corpulento delincuente centra su discurso en el egoísmo del ser humano. Parece ser, al menos, coherente. Sade basa gran parte de los argumentos, generalmente, en la naturaleza, justo como hacían los filósofos de la época y los más influyentes de esos momentos (como Rousseau). “Corazón de Hierro” afirma que el egoísmo es la fuerza motriz del mundo; no el amor, como siglos después afirmarían Gandhi y las Chicas Superpoderosas.
Cuando la pobre virtuosa Justine afirma que incluso en su grupo delincuente la virtud es importante, pues de lo contrario cualquiera podría apuñalar a los compañeros y huír con lo obtenido. La respuesta de “Corazón de Hierro” es digna de cualquier homo-economicus: “no es la virtud lo que mantiene nuestras asociaciones criminales, sino el interés y el egoísmo”. Parecería un argumento razonable, lo malo es que se basa en un tipo de esencia inmutable en el ser humano. Aquí nuestro marqués expone la gran falacia del villano pues en una mismo diálogo pone a un ser cuya máxima es la esencia egoísta frente a Justine con una inmensa bondad, que a veces raya en la estupidez. Como sabemos, para justificar algún tipo de esencia las muestras representativas no bastan.
Desde el egoísmo somos llevados, naturalmente, al estado. El pacto social, tema que atrajo a las mentes a partir del Leviathan, es el segundo ataque en los sofismas del bandido. “Corazón de Hierro” critica al supuesto pacto por considerarlo injusto desde un inicio. Como recordamos, éste consistía en ceder ciertos derechos para poder tener seguridad, propiedad y demás, dependiendo del autor de su preferencia. Pero uno se podría preguntar qué podrían ceder aquéllos que no tienen más que su vida. De ahí que no acepten el supuesto acuerdo. Además, por muy burdo que suene, nadie le preguntó a Sade si aceptaba tal pacto. Las palabras de “Corazón de Hierro” al describir aquéllo de lo que nos libraban las leyes recuerdan demasiado a las de Thomas Hobbes (vean el Leviathan). La gran diferencia es que el torturador de la bella Justine prefiere el estado de guerra, pues dentro de las leyes el débil está condenado a serlo por siempre y al romperlo podría deshacerse de la innoble condición.
Conde de Bressac
Los razonamientos de un noble tan singular como el que lo creó tienen dos puntos fundamentales. El primero que trataré es una falacia que aún hoy es bastante usada, incluso es parodiada en The Fifth Element (es la forma en que Zorg le justifica al padre sus acciones). El segundo es lo que consideraría “l’une des plus sublimes leçons que l’homme ait encore reçue”.No es, evidentemente, la exhaltación de la virtud que, por cerca de tres cientos de páginas es ridiculizada de la forma más cruel que un humano pueda pensar.
“La primera y más hermosa cualidad de la naturaleza es el movimiento que la agita sin cesar, pero ese movimiento no es más que una serie de crímenes,y sólo se mantiene gracias a ellos…”
Así comienza el conde de Bressac a justificar sus crímenes. Al acercarme a este discurso no pude evitar acordarme de la que posiblemente sea la falacia económica más conocida: “La ventana rota” por Frédéric Bastiat. Al leerla el nexo entre un pensamiento y otro es evidente. Pero si carecen de tiempo para leerla les diré que la idea es la misma. La destrucción genera más beneficio que la construcción, pues la segunda es sólo una consecuencia del movimiento generado por la primera. En un lado es crimen y en el otro es un niño, una ventana y una piedra. No alargaré más este punto, pues resaltar esto que es tan evidente sería una ofensa al intelecto de los lectores.
“C’est le seul orgueil de l’homme qui érigea le meurtre en crime”.
Tenemos frente a nosotros una de las sentencias que mejor expresan el carácter accidental de la vida humana. Es una necedad seguir empeñados en probar la necesidad de la especie humana, cuando lo más cercano a elemento inmutable que tiene es la contingencia inherente a nuestra existencia. No pretendo caer en los excesos sádicos, en los cuáles el homicidio mismo está permitido si el fin perseguido es el placer. Antes del conde de Bressac, “Corazón de Hierro” había dicho a Justine que olvidara todas las falacias cristianas que dirigían su vida, porque no somos más que “ínfimas porciones de materia” y al morir sólo regresaremos a la naturaleza para salir de nuevo en otra forma.
Ya son más de dos siglos los que nos separan de esta obra y resulta increíble que grandes revoluciones sociales e intelectuales no hayan sido suficientes para olvidar. No fueron suficientes las enseñanzas de Hume, el utilitarismo de Mill. O si no aprecian la lucidez en John Stuart, pasaron desapercibidas las quejas viscerales de Marx, la prosa incendiaria y seductora de Kropotkin, los razonamientos de Bakunin. No bastaron las vidas, seguimos ahogados en creencias primitivas como la esencia humana y pretensiones infantiles como el amor.